Millenials, entendiendo las diferencias

Siempre se ha hablado de la diversidad, de lo beneficiosa que resulta para las organizaciones y de la importancia de gestionarla sacando provecho de las diferencias. Nada se puede objetar al discurso oficial en dicha materia, plagado de tópicos y buenas intenciones. Lo diferente nos complementa, pensar diferente enriquece nuestro pensamiento, la innovación requiere de mentes diferentes que piensan de forma diferente, etc etc. ¿quién podría manifestarse explícitamente en contra de tales planteamientos?

En el libro de Barbara Hateley "Un pavo real en el país de los pingüinos" se ilustra de manera muy gráfica y clara cómo, a menudo, nos sentimos atraídos por lo diferente, deslumbrados por otras formas de ver y actuar diferentes a las nuestras y exitosas y anhelosos de incorporar esas diferencias a nuestra organización. Sin embargo, una vez hemos atraído -y pagado- ese talento diferencial a nuestra organización, las cosas empiezan a verse, ahora sí!, .. diferentes. Porque no podemos olvidar que es un rasgo del comportamiento humano sentirnos identificados con quienes son y actúan como nosotros, a nuestra manera. Si somos analíticos, nos sentimos cómodos con las personas metódicas, estructuradas y que se piensan bien las cosas antes de decirlas. Si somos directos y francos en la comunicación, nos gustan las personas que también lo son, que nos dicen las cosas a la cara sin tapujos, de manera directa. En el fondo, aunque nos cueste reconocerlo, nos gusta como somos y nos gusta nuestra "manera de hacer las cosas" y empatizamos rápidamente con quienes comparten los mismos planteamientos y enfoques.

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